‘Raya y el Último Dragón’, la gema imperfecta de Disney

La mágica tierra de Kumandra se alza sobre una historia condenada a repetirse

Van a toda velocidad. Raya a lomos de su Tuk Tuk, cortando el desierto. Racimos de chimeneas naturales pasan fugaces. La silueta puntiaguda de los cardos. Delante, una cortina de polvo revela un grupo de rocas puestas de pie. De cerca, tienen forma humana.

Se detienen al borde de un cañón. A la vista, las dunas pasan como oleadas de incendios y el leve rumor de un riachuelo apenas da para pintar el curso del rio. Somos cómplices del paisaje desolado del reino de Cola, que antiguamente estuviera cubierto de agua.

“Hay una razón por la que cada tierra se llama como una parte del dragón. Antes estuvimos unidos…”, dice una voz. Raya y su padre entablan un diálogo a través del tiempo: “Pero un día llegaron los Druun, una plaga que se extendió como el fuego, multiplicándose a medida que consumía la vida y convertía en piedra a todos los que tocaba”.

Raya a lomos de su Tuk Tuk, por el reino de Cola

Los monstruos nacen como un reflejo de su época. Si la metáfora del zombi construye un mundo en el que el individuo trata de sobrevivir a la masa,  los Druun recrean el lugar en que la discordia, nacida del ego herido, nos aísla en nosotros mismos. Esas llamas púrpuras, son monstruos de soledad, comparables a la nada de ‘La historia interminable’ o la maldición de ‘La princesa Mononoke’

Se ha hablado mucho de la influencia del sudeste asiático en ‘Raya y el Último Dragón’. Pero más allá de su puesta en escena, que es magnífica, el pensamiento oriental es un hallazgo que empapa el trasfondo de Raya.

Empezando por la concepción del tiempo como algo místico, muy diferente a la occidental. Han pasado 500 años desde que desaparecieron los dragones. Y entonces Raya comienza su búsqueda de la dragona de agua Sisu. “Cuando encontramos la solución por nosotros mismos, nos ganamos el derecho a manifestar lo místico”, dice Osnat Shurer, productora de Raya. Las cosas no van a suceder si no nos movemos; somos nosotros quienes ponemos en marcha el tiempo.

En ‘Raya y el Último Dragón’, el agua representa la unidad. Las grandes civilizaciones asiáticas se han fundado a orillas de ríos como el Mekong. Esa serpiente descomunal de agua que nutre los arrozales de varios países, también se encuentra en los orígenes de su identidad cultural, a través de mitos como el de los dragones marinos o naga.

Aunque no puedas volver a casa, basta mirar el río para hallar al dragón. En una historia tan cambiante como la de Asia, llena de espadazos y migraciones, ese sustrato doble, natural y cultural, se sitúa por encima de las fronteras. Lo mismo ocurre con Kumandra: los reinos de Colmillo, Corazón, Columna, Garra y Cola deben unirse para formar una imagen común por encima de cualquier ceguera étnica.

Los cinco reinos de Kumandra unidos por el río del dragón.

EL ARTE DEL COLMILLO

Ojalá hubiese más tiempo de metraje para que el mundo de Kumandra hablase por sí mismo porque la dirección de arte es tan buena que descubrir cada reino casi justifica el visionado, sobre todo en la gran pantalla. Cada escenario está pensado para despertar una sensación concreta: aventura, añoranza, superación. Las mismas que sentiríamos al viajar por los lugares reales de indochina en los que se inspira.

Templos devorados por la selva, repletos de trampas y tesoros para ser saqueados. Noches de farolillos sobre un mercado flotante, ideales para una persecución saltando de barca en barca. O jardines repletos de estatuas ancestrales que un día estuvieran vivas y que nos hablan de la historia del mundo.

Cada reino goza de su propia idiosincrasia y diseño, apoyadas en un gusto de orfebre por el detalle y el respeto a sus orígenes culturales. Así, no es raro ver que los personajes se quiten el calzado antes de pisar un lugar sagrado, se saluden juntando las manos en señal de respeto o celebren coloridos banquetes.

Hay belleza en ‘Raya y el Último Dragón’ que, de no ser atravesada por el sonido, quizá sería hueca y sin alma. James Newton Howard, antiguo conocido de Disney, se inspira en ritmos e instrumentos asiáticos y los combina con música electrónica en una notable banda sonora que apoya en todo momento lo esbozado en pantalla y se reserva lo mejor para el tema de la dragona Sisu. 

El do de pecho lo dan las secuencias de lucha, las mejores que haya elaborado Disney. No solo destacan por su realismo y buen gusto, sino que se inspiran en artes marciales reconocibles como el Wushu chino, el Pencak Silat indonesio o el Arnis filipino, valiéndose de planos propios de cine wuxia, que no desmerecen la acción.  

No he podido constatar si en la carrera por dotar de verosimilitud a los personajes estamos un paso más cerca de caer en el valle inquietante, pero de lo que sí puedo hablar es de la muy acertada inclusión de secuencias 2D, en forma de murales en movimiento que nos relatan el pasado de los dragones y de algunas escenas con un acabado próximo al cómic, como ya hiciera ‘Big Hero 6’, que aportan frescura y en las que se podría haber abundado más.

Raya empuñando su espada Kalis

HERIDAS DE CORAZÓN

‘Raya y el Último Dragón’ se apoya en personajes femeninos, pero desde que ‘Enredados’ o ‘Brave’ abrieran el melón de las princesas empoderadas, diez años atrás, hagamos el favor de ir un paso más allá. Ya no se trata de si hay intereses románticos o de si son capaces de repartir sartén mano, sino que en todo personaje complejo hay afinidad por componentes masculinos y femeninos. 

A partir de ahí, la princesa del reino de Corazón, Raya, es un personaje solitario e independiente, que confía plenamente en su entrenamiento y lleva la distancia con los demás como una armadura que la protege de las traiciones del pasado. No es sino con su búsqueda de Sisu, que lograra derribar sus prejuicios acerca de los demás reinos y reconciliarse con Namaari, su némesis.

Lo interesante del personaje de Namaari, princesa del reino de Colmillo es que la historia se podría contado con ella como protagonista. Colmillo es un reino pobre, que malvive mientras el reino de Corazón acumula todo el poder. Adoctrinada por su madre para ver al resto de reinos como rivales, Namaari toma una decisión que pone en peligro todo Kumandra.

La dinámica entre Raya y Namaari marca el pulso emocional del relato. Dos guerreras con el mismo objetivo y una historia de enfrentamiento que parte de la niñez. Sus enfrentamientos señalan las cimas narrativas de la película y vienen a encarnar esa discordia sin sentido que engendra a los Druun.

La dragona de agua Sisu, por su parte, viene a ocupar el lugar de Genio o Mushu en el relato pero sin llegar trascender como hicieran estos. Lo que si podemos decir, es que está caracterizada con esa sabiduría ingenua y tierna que impregna a personajes como Oogway, de ‘Kung Fu Panda’ y es el corazón del relato. Los valores de confianza y altruismo que encarna Sisu son incompatibles con el sistema de creencias de Raya y del mismo espectador, que al mismo tiempo pueden reconocer una verdad profunda y un peligro potencial en su aplicación.

La última dragona representa la evolución espiritual de la protagonista desde los prejuicios hacia una visión más esencial de las cosas, en la que la confianza en los demás y el saber perdonar traiciones del pasado, por mucho que estas puedan doler, nos devuelve al presente y, como decíamos al principio, ponen en marcha el motor del tiempo. Sisu nos enseña que la vulnerabilidad puede ser una fortaleza cuando se trata de acercarnos a los demás.

A esta empresa contribuye un elenco de secundarios que con su ternura, trasfondo y sentido del humor, no resultan cargantes y suscitan algunas preguntas acerca del mundo. Son personajes además que encarnan la soledad y la infancia fugada: niños con roles y comportamientos adultos, niños encerrados en el cuerpo de adultos. Niños que son y no son. Y hubiese sido genial ver más desarrollada esa idea de no ser por lo precipitado de la cinta en su desarrollo.

De izquierda a derecha Tong, la pequeña Nui, Boun, Raya y Sisu

GARRAS MELLADAS

Hablemos de estructura y guion. ‘Raya y el Último Dragón’ se articula sobre la fórmula clásica del viaje del héroe y eso la hace predecible. Finalizado el prólogo ya sabemos cómo va a acabar el relato. Y es una lástima, porque aquí había material para esbozar una historia honesta y original. Lejos quedan los años en que Disney se atrevía a ahondar en los traumas y terrores de la infancia desde la sensibilidad y exigencia que demanda la vida, en largometrajes como Bambi o El rey león.

No hay una historia jamás contada sobre los niños aislados o sobre aquellos que tuvieron que madurar en soledad. No solo eso, sino que adolece de una falta de desafío que haría claudicar el clímax de la cinta de no ser por el cariño que se coge a los personajes: en ningún momento llegamos a preocuparnos por ellos, sabemos que todo les va a ir bien.

Por eso los druun nunca pasan de ser una amenaza genérica y el espectador no llega a implicarse del todo con el conflicto de los personajes.

Así mismo, la inmensidad del mundo de Kumandra permite que haya mucho cabo suelto en la historia, que queda a la imaginación del espectador. Algunos de ellos, sin ahondar en spoilers, de una importancia preocupante que hacen pensar en errores de guión o cambios complacientes de última hora.

Menos graves son las debilidades de un montaje que hilvana algunas secuencias de cualquier manera (especialmente, la transición del reino de Columna a la barca), la inclusión de una serie de elementos reciclados de otros films de la misma casa (podríamos hablar de los paralelismos con el argumento de Frozen 2, a pesar de tener personalidades muy diferenciadas), o del excesivo sobeteo de las falsas apariencias como recurso narrativo.  

Ahora bien, esta estructura y la eficacia de un guion clásico, conjugadas con la belleza de lo presentado, nos deparan un ritmo endiablado. ‘Raya y el Último Dragón’ no aburre en absoluto durante las dos horas que dura. Aun más, se habría agradecido un mayor desarrollo de la trama en partes que se tocan de forma tangencial. Se hace muy disfrutable, incluso emotiva, pero podría haber llegado mucho más lejos con un guion más valiente, como en el caso de ‘Los Mitchel contra las máquinas’.

Arte conceptual de Raya y Sisu.

COLUMNA PARTIDA

La medicina china nos dice, siguiendo la metáfora del dragón, que un dolor en el colmillo quizá deba tratarse primero en el corazón. Es decir, que a la hora de interpretar la realidad, debemos ser capaces de coger distancia y ver cómo todos los elementos interactúan entre sí.

En ese sentido, me es posible valorar y recomendar ‘Raya y el Último Dragón’ desde las sensaciones que me produjo en la sala de cine, como un gran producto para el entretenimiento que se queda a las puertas de ser algo más.

Si, ‘Raya y el Último Dragón’ falla a la hora de implicarnos en el conflicto y tiene problemas de estructura, pero la belleza, el ritmo y la ternura que desprenden sus personajes, bien vale el viaje. O como diría Camus, “Es posible rechazar toda la historia y tomar no obstante el mundo de las estrellas y del mar.”

Valoración de Mr McGuffin: 4sombreros

Lo mejor: el diseño del mundo, el trasfondo de pensamiento oriental, la personalidad de sus protagonistas.

Lo peor: es precipitada, le falta tensión narrativa y desafío.

‘Raya y el último dragón’, ya disponible en cines y en Disney+ para todos los suscriptores a partir del 4 de junio. Dirigida por Don Hall, Carlos López Estrada, Paul Briggs y John Ripa. Música a cargo de James Newton Howard.

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